Los que optamos por hacernos historiadores asumimos con bastante tranquilidad que nos estamos adentrando en un oficio sin límites profesionales claros. A fin de cuentas la Historia no es un coto privado del conocimiento, repleto de arcanos procesos de aprendizaje y celosos guardianes del dogma (aunque Leopold von Ranke creyese que algo así debería ser el asunto). Sino que es más bien un parque público en el que cualquiera puede usar los columpios con mayor o menor estilo sin importar si los rompe, los manipula, se los lleva a casa o los cambia de sitio.
En otras palabras, cualquiera (repito, CUALQUIERA) puede ponerse a escribir artículos, ensayos o libros de Historia abarcando los más variopintos temas utilizando dos herramientas sencillas: capacidad de síntesis y bibliografía más o menos desarrollada. O incluso tirando de negros.
¿Podemos hablar realmente de intrusismo en la profesión del historiador? A mi juicio no. Aunque en las facultades nos inciten a considerar que sólo nosotros (los que estamos titulados y se supone que tenemos una base instrumental y de conocimientos) somos capaces de hacer buena historiografía, lo cierto es que nuestras materias primas (archivos, libros, memorias, museos, yacimientos) están al alcance de cualquiera. Que nosotros tengamos un "método" de trabajo profesional y contrastado sólo nos permite acercarnos con un mayor entendimiento y objetividad (al menos en teoría) al objeto histórico.
Pero nada más.
No podemos impedir que cualquier persona escriba y publique lo que le de la real gana aunque sean una sarta de tonterías, mentiras o tergiversaciones más o menos malintencionadas. A fin de cuentas, la Historia es un bien común, accesible, público, conocido y repleto de agarraderas para todos aquellos que estén dispuestos a echarlas mano (y en muchos casos con el único objetivo de "meterle mano").
Otra cosa que vemos con mucha reiteración es que estos outsiders tienden a convertirse en adanistas empedernidos y están descubriendo el mediterráneo cada dos por tres. Ahí es dónde los historiadores profesionales podemos liarnos a collejazos con ellos, poniéndoles en su sitio y echando por tierra fácilmente sus afirmaciones, sus métodos (si es que existen) y sus objetivos finales. A fin de cuentas, el 99% de los "intrusos" van buscando el dinero, el negocio, el business. Y escriben un libro de Historia como el que escribe uno de recetas, de consejos para ligar o de trucos para librarse de las hormigas. Aunque, también es cierto, que los libros "de Historia" dan más empaque intelectualoide y sirven para que gente que no pasa de contertulios marrulleros, periodistas mercenarios o figurines guapitos hagan sus pinitos en el mundo editorial.
Así que, si deciden estudiar Historia, estén dispuestos a dar codazos a otros historiadores y a un ejército de paracaidistas para poder ocupar los mejores puestos en los escaparates y mesas de la Fnac. Seguro que alguna librera con buen criterio es capaz de separar el grano de la paja y les coloca en el lugar que se merecen.
Les dejo aquí algunos ejemplos de incursiones de "no historiadores" en el terreno de la Historia y una micro reseña de regalo con una valoración hecha por algún medio de comunicación:
- Qué la Historia te acompañe, de Christian Gálvez. Subproducto histórico que no va más allá de ser una colección de chascarrillos entretenidos. El autor ni de coña se ha leído siquiera un libro sobre cada tema que toca. Telecinco: 5 estrellas superior.
- El primer naufragio, de Pedro J. Ramírez. Enésima repetición de pretendida originalidad sobre el fracaso democratizador de la revolución francesa. Popurrí de cosas conocidas desde el mismo siglo XIX. El Mundo: 9 estrellas.
- Maestros de la República, de María Antonia Iglesias. Hagiografía camuflada de ensayo. Ejemplo perfecto del proceso de reescritura masiva de la Historia de la II República. Más ficción que otra cosa. El País: catorce estrellas.
- Grandes disgustos de la Historia de España, de Gomaespuma. Resumen humorísticos de algunos momentos muy conocidos de nuestra historia. Los alumnos de la ESO no lo podrán entender. L'Osservatore Romano: una estrella, con reparos.

5 adendas:
Interesante, pero echo de menos a los dos mayores manipuladores de la Historia que tenemos (al menos, por público que los lee, que por sandeces hay otros de la cuerda): César Vidal y Pío Moa.
Recuerdo un libro llamado "La batalla del Ebro", por dos profesores de la UAB que ha sido uno de los tres únicos que he sido incapaz de acabar, por falso y por falaz... y justo por ser de la cuerda contraria que los suprascritos
Jajajajaja Y yo que pensaba regalarte las Obras Completas de César Vidal esta Navidad... también he estado tentado de poner a Isaac Asimov (su "acueducto de Sevilla" me sigue llegando al alma en su obrita sobre los romanos).
Pero tampoco era plan de hacer un listado completo. La anécdota, el detallito, ya sabes.
El primer naufragio es malo? pues anda que estaba toda corte en la presentación, pero es malo por poco original o por sesgado?
Es malo por poco original. Descubre el mediterraneo dos o tres veces y no aporta nada nuevo a la historiografía disponible sobre la revolución francesa.
Me atrevo a decir que es un libro divulgativo para mayor gloria del autor. Y poco más.
Tienes más razón que un santo, Amandil. Anda que no proliferan los libros de anécdotas de Historia que no aportan nada nuevo al panorama historiográfico actual y que se venden como churros... Y los negros ayudan mucho en estos casos. Mi único consejo es ponerse en manos del librero y confiar en su consejo. Todo el mundo puede escribir sobre la Historia, pero siempre habrá maneras y maneras de acercarse a ella. ;)
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