lunes, diciembre 05, 2011

Historias del tren



Escribo esto mientras el AVE trota por el sistema ibérico hacia Madrid. Si al final se publica y sale la cosa aceptablemente bien podré maravillarme como, muchos años atrás, se maravillaba un delicioso personaje de Chesterton: el tren llegará a Atocha regularmente. 

Desde luego da qué pensar la revolución tecnológica que hemos vivido en los últimos veinte años. Hace veinte años, por ejemplo, mis viajes en tren a Madrid eran tediosos, largos y muy aburridos. Daba igual si llevaba conmigo buenos libros, música en el walkman o libros de pasatiempos. Al final las cuatro horas de intercity o talgo se me hacían eternas. Recuerdo que, con cierta esperanza, los pasajeros esperábamos que el jefe de estación de Guadalajara le diese al revisor la cinta VHS con el telediario de medio día. Así, al menos, podríamos ver en aquellas televisiones un tanto especiales las noticias actuales. Porque, los que hayan padecido en sus carnes las películas y documentales del tren sabrán apreciar el frescor y dinamismo que destilaba un telediario de TVE... 

En esos viajes de tren bastante aburridos he vivido de todo pero, lo que más expectación me provocaba, era saber qué espécimen de acompañante me iba a tocar. Como todo el mundo rezaba porque no se sentase nadie a mi lado para así poder montar mi campamento, pero las más de las veces tenía "vecino". Tratando de recordar los más característicos me salen unos pocos:

- Una monja dormilona, que se subió en mi misma estación, se santiguó y se queda frita hasta llegar a Madrid. Lo peor del viaje fue, sin duda alguna, cuando sentí la urgente necesidad de ir al baño y ella ¡oh, terror! estaba en el asiento del pasillo... no recuerdo muy bien que extraño juego de acrobacias llevé a cabo pero, logré salir y entrar sin que la buena señora se despertase. Desde entonces siempre pido pasillo en el tren o en avión, porque mi agilidad ya no es la que era.

- Un abuelo que luchó prácticamente todas las guerras del siglo XX (y creo que hasta del XIX): este buen hombre tenía una perentoria necesidad de hablar. Y se lo noté en cuanto se me sentó al lado. Yo, como buen estudiante de Historia por aquellos años, me dije a mi mismo "esto es una oportunidad cojonuda de vivir en primera persona la "historia actual" y "las fuentes humanas". Pues ale, ¿qué quieres caldo? Pues dos tazas o veinte. Empezamos por la Guerra Civil, dónde este señor luchó en los dos bandos porque era electricista de profesión y primero lo engancharon unos y luego los otros. Y, según él, su estatus de "comunista católico" le permitió dar el salto sin muchos problemas. Luego me contó su viaje a la URSS con la División Azul para "limpiar el expediente". Y después se lanzó con la guerra del Sidi-Ifni que, o a mi no me cuadraban las cuentas, o al señor este ya le vino un pelín mayor el combate contra los marroquíes. Me soltó un tocho sí, pero lo hacía con tal gracia y alegría que no quise pararle. Reconozco que la hora y media que estuvo sentado a mi lado se me pasó volando.

- Una embarazada cotilla, con dos barras de pan y con una historia muy rara. Esta es, a mi juicio, la más extraña, ya que en cuanto se sentó a mi lado empezó a preguntarme cosas personales sin ningún pudor. Ya me mosqueé cuando empezó diciendo "Esa chica tan guapa de la que te has despedido en el andén ¿es tu novia?"... huelga decir que no lo era, era mi hermana, pero no me negarán que empezar una conversación de tren de esas maneras es un poco extraño. Luego me contó porqué viajaba con dos barras de pan (al parecer había ido a Zaragoza el día anterior a comprar el pan desde su pueblo y había perdido el tren de vuelta ¿¿¿???). Y terminó hablándome de lo bien que le sentaba al cuerpo de una mujer el embarazo porque le brillaba más el pelo. Reconozco que cuando se bajó del tren a mitad de trayecto sentí un cierto alivio interior, creí que me encalomaban un bebé ¡y dos barras de pan duro!

- El señor extranjero aficionado a Picasso. Este fue estimulante intelectualmente porque era como tener sentado al lado a un híbrido entre Hemingway, Orson Welles y George Orwell. Era un inglés, de padre americano y madre escocesa, que había venido a España por primera vez en 1950 y, desde entonces, había sentido que "esa tierra era mi carne". Se pasó todo el viaje cantando loas del país, de sus gentes y de la cultura. Y, para colmo, hablaba con cierta propiedad porque no le detecté ninguna patada a la Historia, el Arte o la política. Me pareció curioso que quisiese compartir conmigo su devoción por Picasso (recuerdo que decía ese apellido con auténtica pasión, casi con reverencia) y no entendía que no hubiese más artistas así actualmente en España porque "esta luz, estos cielos tan azules, estos eternos campos amarillos y marrones, estos bosques recónditos" tenían que producir, por fuerza, personas capaces de pintarlos y cantarlos. No le faltaba razón.

- La chica de la manzana verde y la mirada de gata. Esta fue, de lejos, la más llamativa de todas las personas con las que he compartido asiento en el tren. Me tocó ir a contramarcha al principio del vagón y en la siguiente parada se me sentó en frente una chica algo más mayor que yo. Sólo llevaba una mochila de cuero marrón. En puridad, más que sentarse, se posó porque había algo en ello etéreo, inexplicable. De repente, al poco de ponerse el tren en marcha, sacó de su mochila una perfecta manzana verde, brillante y jugosa. Estiró el brazo y me la ofreció sin mediar palabra y yo, como buen caballero, dije que no, que gracias, que ya tenía bastante con mis chocolatinas y chucherías. Ella se encogió de hombros y me clavó una mirada que aún no se si decía "tu te lo pierdes, eres gilipollas, ¿eres gay?" o cosas peores. Ahora, al tener una gata en casa he llegado a la conclusión de que aquella mirada era de gata, estilo "Milady", la de Dartacán y los Tres Mosqueperros. Y sigo sin saber qué me quiso decir, pero compréndanlo, yo era joven, inexperto y bastante estúpido. Y no me quejo, la vida me ha sonreído pese a que no mordí aquella manzana así que ¡me alegro de no haberlo hecho!

6 adendas:

Eduardo dijo...

oh, qué apasionante. Cuéntame más.

Último Íbero dijo...

Te habrás herniado con el comentario... si quieres saber más me tendrás que invitar a unas cervezas.

Yago dijo...

¿No os ha quedado la cosa un tanto "gay" a los dos?

Sonja dijo...

Vaya pues qué divertido es eso de ir en el Ave, aquí tenemos un tren pero enseguida llegas a todas partes y no da tiempo de cosas tan interesantes.
Yo no es por inquietarte eh? pero la última chica me parece que era la de "la Novena Puerta"...sí, creo que hiciste bien en hacerte el loco ;-)

Último Íbero dijo...

Yago: ¿celoso acaso? ;-)

Último Íbero dijo...

Sonja: nunca me he fiado de las desconocidas, por muy atractivas o interesantes que me parecieran.

De todos modos los viajes en tren, avión, autobús o cualquier medio en el que se te siente al lado un desconocido son una puerta a la aventura o al tedio.